sábado, 20 de febrero de 2010

Google Buzz: A cada uno lo suyo

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Google Buzz: A cada uno lo suyoLa gran colmena de Internet está zumbando. Google se ha lanzado a la ofensiva con tres productos que tienen blancos muy concretos.

El primero, Google Buzz –del que tomo prestado el título de este artículo– es un generador de redes sociales que mira directamente a Facebook; el segundo, Nexus One, es un nuevo teléfono inteligente (smartphone) que pretende romper el actual vínculo de los terminales con los operadores de móviles y potenciar su sistema operativo, Android.

El tercero es una red experimental de fibra óptica hasta el domicilio que piensa implantar en algunas localidades de EEUU y que ataca la desidia –según Google– de las operadoras telefónicas y de cable norteamericanas en el despliegue de redes de nueva generación. Así de audaz y de agresiva se muestra, en este comienzo de año, la empresa de Mountain View.

Pero, donde las dan, las toman. Google está siendo atacado a su vez en distintos frentes. En Francia su proyecto de digitalización de libros prescindiendo de los derechos de autor acaba de sufrir un importante revés judicial. Y hace unos días, la española Telefónica, a través de su presidente, César Alierta, acaba de poner en claro que los gigantes de Internet, que obtienen enormes ingresos de la Red, tendrán que aportar su cuota a las nuevas redes de banda ultra-ancha exigidas por su creciente actividad.

Posiblemente el anuncio de esa red experimental de Google sea la respuesta precocinada al aviso de Alierta y es, desde luego, una respuesta contundente. El anuncio de 1 Gigabit por segundo de capacidad, “a precio asequible”, sin ayudas públicas es impactante. Veamos que hay detrás de todo ello.

Google personifica un tipo concreto de empresas de Internet: los organizadores de información. Su materia prima, los contenidos, escritos, gráficos o audiovisuales, la obtiene sobre todo en la Red, aunque también puede crearla o comprarla. Ha hecho lo primero en su servicio de visualización de calles de ciudades y lo segundo en el de fotografías de satélite.

Y, además de organizarla, también puede transformarla, como está haciendo con su ambicioso proyecto global de digitalización de libros y fotos en soporte papel. En cualquier caso, lo característico de su negocio es que maneja materias primas producidas por otros.

Las empresas de telecomunicación, por su parte, crean su propia oferta al construir la infraestructura y crear las aplicaciones que constituyen sus activos. Aquí conviene salir al paso de dos errores muy extendidos. En primer lugar, hay que dejar sentado que la defensa de su propiedad –sus redes– no implica para los operadores intento alguno de dominar Internet; dicho de forma simple, Internet es una forma de comunicarse y las redes son el medio para ello; la defensa del medio lo que hace es preservar, no alterar, el funcionamiento de la Red de Redes. En segundo lugar, debe quedar claro que las redes de los operadores “históricos” no han sido heredadas, sino compradas: han sido vendidas en el proceso privatizador al mejor precio posible; al pagar dicho precio, los accionistas de la empresa adquirieron su propiedad.

Es tan simple como eso. La pretendida “herencia” es una metáfora bastante desafortunada, que impide: a) ver la constante necesidad de actualización de las redes y de la inversión consiguiente; b) entender la existencia de los derechos, deberes y responsabilidades del propietario; y c) aceptar que las redes, tal como están hoy configuradas, no son, ni pueden ser, del dominio público.

Modelo de negocio

El problema entre las empresas de Internet y de redes de telecomunicación es que cada una defiende su modelo de negocio. Para las primeras, la prioridad está clara: la innovación está en los contenidos que fluyen por Internet y especialmente, en su organización, agregación y manipulación; las redes –dicen– deben limitarse a transportarlos por un peaje orientado a costes.

Para las segundas, en cambio, Internet existe porque existen las redes y lo prioritario es que éstas puedan absorber el ingente tráfico que sobre ellas se está volcando; a tal fin necesitan obtener sus recursos del tráfico transportado, pero, ¡atención!, tienen que actuar con orientación al beneficio, no a costes, como pretenden sus oponentes. La competencia entre redes, adicionada a la competencia entre servicios, impedirá los abusos. Carecería de toda lógica que las empresas de Internet pudieran orientarse al beneficio –con gran éxito en el caso de Google– y las de telecomunicación, no.

El debate está abierto y se centra sobre la pretendida “neutralidad de la red”, tema sobre el que volveré otro día. Hoy diré solamente que los titulares de las redes tienen bastante razón. Una gran ola de contenidos audiovisuales está llegando a las redes y hay que preparar nuevos canales para conducirla y nuevas formas de ordenarla. En Gran Bretaña, por ejemplo, las transmisiones masivas de televisión de alta definición por Internet planteadas por la BBC pueden ver disminuida legalmente su velocidad cuando sea necesario. La fibra óptica y las Redes de Nueva Generación, serán las que vengan a resolver este problema.

Google acierta al demostrar que cualquiera puede desplegarlas y gestionarlas en régimen comercial, lo que significa que debe reconocerse la misma capacidad a los operadores tradicionales, telefónicos o de cable. Lo que éstos piden es poder rentabilizar sus inversiones del mismo modo que cualquier otra red (eléctrica, de gas, de autopistas o ferroviaria): haciendo pagar más a quiénes más recursos de la red utilicen. Habrá que concedérselo. Ése es el único modo de afrontar lo que he llamado “El Desafío Audiovisual” (el crecimiento explosivo de productos audiovisuales en las modernas comunicaciones electrónicas) sobre el que he escrito largamente en mi último libro.

En resumidas cuentas, ha llegado el momento de plantear con toda claridad las posiciones que cada uno sostiene en el proceso de convergencia en curso, en el que se encuentran las empresas de telecomunicación (redes y/o servicios), audiovisuales, de contenidos y de Internet. Todas ellas se complementan y se necesitan, pero hay que dar a cada uno lo suyo, como reza el viejo axioma. Si se quieren aprovechar las extraordinarias potencialidades que esta convergencia ofrece lo razonable es mostrar las cosas como son; o, al menos, como las entienden sus principales protagonistas. Google y Telefónica tienen el mérito de haber abierto el juego.

J. M. de la Cuétara, Catedrático de Derecho Administrativo. Ariño y Asociados. Abogados
Expansion.com
 

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